Para nuestro entrevistado, el actual escenario geopolítico mundial abre oportunidades inmejorables para redefinir estrategias de seguridad y desarrollo energético a nivel nacional, regional e internacional…

EDICIÓN 144 | 2025

Vesna Marinkovic U.

1Considera que el actual contexto geopolítico internacional ofrece una oportunidad favorable para profundizar la integración energética en América del Sur?

El actual escenario geopolítico mundial abre oportunidades inmejorables para redefinir estrategias de seguridad y desarrollo energético a nivel nacional, regional e internacional. Actualmente, la mayoría de los cerca de cincuenta grandes conflictos militares o geopolíticos tienen al tema energético como un factor clave, cuando no como causa principal. Ejemplos claros son el impacto del conflicto ruso-ucraniano en el suministro de gas a Europa Occidental y el riesgo constante de que disputas en Medio Oriente escalen, afectando precios internacionales de la energía, como ocurrió con la crisis petrolera de 1973, la cual marcó profundamente a América del Sur.

Esta crisis petrolera impulsó la integración energética en Sudamérica, ejemplificada por la construcción de la usina hidroeléctrica paraguayo-brasileña de Itaipú (mediados de 1970). Más recientemente, la pandemia y los conflictos ruso-ucraniano e irano-israelí, entre otros, han debilitado la visión idealista de las relaciones internacionales, mostrando que muchos estados acaban por priorizar su soberanía por encima del espíritu de cooperación para un orden global estable.

2A su juicio, ¿cuáles son los principales factores que podrían impulsar efectivamente la integración energética en la región? ¿Podrían las centrales hidroeléctricas binacionales ser un ejemplo destacado?

Los principales factores que impulsan la integración energética en la región son, por un lado, las amenazas y oportunidades del contexto internacional, y por otro, las grandes necesidades de desarrollo de los Estados. Un ejemplo claro es el objetivo del actual gobierno brasileño de reindustrializar su país, lo que requiere asegurar flujos de gas a precios competitivos para industrias como la química, petroquímica, cerámica, fertilizantes y vidriera, por ejemplo. De ahí su interés de avanzar en la integración energética con la Argentina (recursos de Vaca Muerta) y con Bolivia, así como el papel de Paraguay que busca consolidarse como país de tránsito, conformando, en la práctica, un espacio energético Mercosur.

“Bolivia, como país exportador o de tránsito, puede beneficiarse financieramente si garantiza costos adecuados para el suministro de largo plazo de hidrocarburos para los consumidores brasileños”

Además, también las centrales hidroeléctricas binacionales en la vecindad de las fronteras nacionales, pueden contribuir a la integración en Sudamérica. Prueba de ello son los acuerdos firmados en julio de 2024 durante la visita del presidente Lula a Bolivia, que permitirán abastecer a Pando y Beni con energía de la hidroeléctrica Brasileña de Jirau, reemplazando termoeléctricas a diésel, con claros beneficios económicos, ambientales y en la huella de carbono para Bolivia.

3Desde su perspectiva, ¿la intensificación de la crisis climática podría acelerar la adopción y expansión de energías renovables en la región?

 

La crisis climática sí puede acelerar la adopción de energías renovables en Sudamérica, pero el proceso enfrenta importantes obstáculos. La región vive una transición donde conviven vectores energéticos tradicionales y emergentes, en un contexto complejo. La ausencia de mercados de capitales desarrollados, el alto costo y riesgo de estos proyectos en economías con escaso crédito de largo plazo y elevada aversión al riesgo, limitan la velocidad del cambio. Además, la creciente aceptación de modelos energéticos mixtos (enfocados tanto en energías renovables como fósiles) ralentiza la transición. Por otro lado, aunque el costo de producción de las renovables hayan bajado, aún pueden ser mucho más caras que el uso de fuentes fósiles. En Bolivia, el gas natural subsidiado encarece comparativamente las inversiones en energía alternativa, dificultando un cambio más rápido hacia una matriz limpia.

 

4Qué opinión tiene sobre el potencial de Santa Cruz en el desarrollo de energías renovables, especialmente en biocombustibles como el biodiésel y el etanol?

 

Santa Cruz posee un potencial excepcional para convertirse en un actor clave en energías renovables. Sus condiciones físicas son óptimas para instalar grandes parques eólicos y solares, como demuestra la exitosa operación logística de transportar enormes turbinas desde Puerto Suárez hasta el parque eólico de Warnes, algo difícil de replicar en otros lugares de Sudamérica.

 

Además, Santa Cruz cuenta con amplia experiencia en biocombustibles gracias a su consolidado sector sucroalcoholero, que facilita la producción de biodiésel y etanol no solo de caña, sino también de maíz y sorgo. Existe un interés concreto de importadores brasileños en adquirir etanol boliviano para abastecer regiones fronterizas de Brasil, donde el flete interno eleva los precios de combustibles para nuestros consumidores.

 

La estrecha relación entre las industrias sucroalcoholeras boliviana y brasileña impulsa nuevas inversiones. Se prevén proyectos de nuevos ingenios en las regiones cruceñas de Santa Ana, Cuatro Ojos y El Carmen, que sumarían cientos de millones de dólares.

 

Estas inversiones son estratégicas: se estima que entre 2025 y 2035 la demanda energética anual en Bolivia requerirá añadir al sistema eléctrico el equivalente a diez plantas como la de Guabirá cada año. Con incentivos adecuados, las energías renovables pueden cubrir una parte esencial de este crecimiento.

5A pesar de la coyuntura compleja del sector energético, ¿cree que Bolivia sigue contando con un potencial atractivo en materia hidrocarburífera?

 

Según datos presentados en diversos foros energéticos, Bolivia aún mantiene un potencial atractivo para el desarrollo hidrocarburífero, con 5 o 6 cuencas sin explotar y un recurso estimado en fracking de hasta 2.000 TCF (estimaciones de expertos locales). Además, el costo interno de producir un barril equivalente de petróleo en estos nuevos campos sería de unos USD 28, frente a un precio internacional cercano a USD 80, en los días actuales. Sin embargo, desarrollar un nuevo campo tomaría al menos cinco años desde el descubrimiento hasta la producción. El reto clave para el próximo gobierno boliviano sería, en la visión de expertos con los que he conversado, definir la sostenibilidad de continuar o no con la política de subsidios a los combustibles fósiles.

 

6En el corto plazo, ¿considera que Bolivia debería aprovechar su posición geográfica para consolidarse como país de tránsito del gas natural proveniente de Vaca Muerta rumbo a Brasil?

 

Desde 2024, Brasil firmó dos memorandos clave para importar gas: uno con Argentina y otro con Bolivia, este último durante la visita de Lula a Santa Cruz (julio de 2024). Estos acuerdos permiten tanto seguir comprando gas boliviano como usar Bolivia como país de tránsito para traer gas desde Vaca Muerta en Argentina.

 

Lo esencial es que el gas llegue a Brasil a precios competitivos, lo que hace viable la operación de industrias como la química, fertilizantes y vidrio. Por eso, los países de tránsito deberían examinar la posibilidad, en su propio beneficio de fijar tarifas razonables de transporte, ya que sin ello los mercados gasíferos regionales tenderan a no integrarse. Europa entendió bien esta lógica al conformar su red gasífera regional. Bolivia, como país exportador o de tránsito, puede beneficiarse financieramente si garantiza costos adecuados para el suministro de largo plazo de hidrocarburos para los consumidores brasileños.

 

7Cómo analizaría usted la visión y el enfoque de Brasil respecto de la integración energética regional durante los últimos cincuenta años?

 

Es innegable que el gran impulso de Brasil para superar sus temores y resistencias internas a establecer relaciones de integración energética y, por ende, aceptar cierto grado de dependencia regional se produjo tras la crisis del petróleo de 1973. Aquella convulsión global llevó a Brasil a apostar decididamente por alternativas menos vulnerables geopolíticamente, concretándose en la construcción conjunta con Paraguay de la represa de Itaipú, que fue la mayor central hidroeléctrica del mundo en operación hasta la inauguración de Tres Gargantas en China. En ese contexto, Brasil crecía entonces a un ritmo promedio anual del 10% y necesitaba con urgencia diversificar su matriz energética y reducir su dependencia del petróleo importado.

 

Sin embargo, antes de Itaipú, Bolivia había sido la primera opción considerada para establecer una alianza estratégica energética. Los tratados bilaterales de 1938 entre ambos países ya contemplaban el suministro de carburantes al interior brasileño desde la refinería de Camiri, previendo su transporte por ferrocarril entre Santa Cruz y Corumbá. Existen registros fotográficos del transporte de gasolina en vagones cisterna por esa vía ya a principios de la década de 1950.

 

Hoy, tras las experiencias exitosas de Itaipú y del gasoducto Brasil-Bolivia, las antiguas suspicacias geopolíticas respecto a la dependencia energética de países vecinos han quedado prácticamente superadas. Actualmente, predomina el claro interés del gobierno brasileño en asegurar gas natural proveniente de naciones vecinas a precios competitivos, con el objetivo de reactivar amplios sectores industriales y abaratar los combustibles para los consumidores brasileños, impulsando la conversión de vehículos de gasolina a gas vehicular. Este renovado escenario abre nuevas oportunidades para Bolivia como socio energético estratégico, en un momento clave para replantear y fortalecer los lazos regionales en materia de seguridad y desarrollo energético.

 

8Finalmente, Brasil será sede de la COP30 en 2025, un evento que tendrá lugar en Belén, en el corazón de la Amazonía. ¿Cuál es la visión de su país frente a este acontecimiento y sus posibles impactos en la región?

 

Desde principios de los años 90, Brasil ha buscado consolidarse como un actor clave en la agenda ambiental internacional. Fue anfitrión en 1992 de la histórica Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo y Medio Ambiente, de la cual surgieron la Convención Marco sobre Cambio Climático y la Convención sobre Diversidad Biológica. Dos décadas más tarde, en 2012, organizó en Río de Janeiro la RIO+20, donde se alcanzaron nuevos consensos globales sobre desarrollo sostenible.

 

Este compromiso se reafirma con la elección de Belém do Pará, en pleno corazón de la Amazonía, como sede de la COP 30 en noviembre de este año. Para el gobierno brasileño, esta cumbre representa la última gran oportunidad para evitar un quiebre irreversible en el sistema climático del planeta y demostrar que es posible un desarrollo humano avanzado sin destruir la naturaleza y el medio ambiente planetario, garantizando el bienestar de las futuras generaciones. La propia ciudad de Belém, rodeada de extensos bosques preservados, es ejemplo de esta convivencia.

 

Con una matriz eléctrica compuesta en un 90% por energías renovables un hecho único para un país de dimensión continental Brasil considera que tiene la capacidad y legitimidad para liderar el diseño de políticas climáticas globales y compartir su enfoque tecnológico y político innovador, especialmente con los países en desarrollo.

 

Desde principios de los años 90, Brasil ha buscado consolidarse como un actor clave en la agenda ambiental internacional”.

 

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