El libro “La Bolivia del futuro: innovación y diversificación post-extractivista”, plantea una reflexión sobre el modelo económico boliviano y la necesidad de enfatizar en el desarrollo productivo, sin romper con la explotación de recursos naturales como el gas. La compilación, coordinada por Daniel Agramont, surge en un contexto de crisis energética y fiscal, donde el país enfrenta los efectos de una política centrada durante décadas en la renta hidrocarburífera.
EDICIÓN 147 | 2025
Vesna Marinkovic U.
Agramont explica que Bolivia vive su cuarta gran crisis económica derivada de la caída de los precios internacionales de los commodities y de una estructura estatal excesivamente dependiente de los ingresos del gas. “Nos olvidamos de la agenda de productividad”, señala, recordando cómo la abundancia de dólares por las exportaciones de hidrocarburos desplazó la producción y el desarrollo industrial hacia un modelo de servicios y gasto público.
El libro propone una visión post-extractivista pragmática, no basada en abandonar la explotación de recursos naturales, sino en diversificar la economía con actividades que generen ingresos, empleo y sostenibilidad ambiental. Entre ellas destacan la electromovilidad, el hidrógeno verde, la economía circular, el turismo, las finanzas verdes y las cadenas agroindustriales sostenibles.
Para los autores, el desafío inmediato del país es reconstruir su aparato productivo. Esto implica retomar una política industrial moderna, promover la innovación y eliminar trabas estatales que frenan la inversión. “No se trata de prohibir el extractivismo, sino de producir más y mejor, con valor agregado y responsabilidad social”, resume Agramónt, enfatizando que el desarrollo productivo debe ser el eje de la nueva Bolivia del siglo XXI.
EL HIDRÓGENO VERDE, APUESTA ESTRATÉGICA PARA EL FUTURO ENERGÉTICO DE BOLIVIA
Como parte del libro La Bolivia del futuro, el especialista en energía Juan Pablo Calderón propone una mirada estratégica hacia el desarrollo productivo a partir de una nueva matriz energética, en la que el hidrógeno verde se plantea como una alternativa viable para garantizar tanto el abastecimiento interno como la generación de divisas para el país.
“Bolivia no puede producir nada sin energía”, subraya Calderón, quien advierte que el gas natural hoy base del 80% de la matriz energética es un recurso finito y no renovable. Por ello, plantea iniciar cuanto antes un proceso de sustitución progresiva que permita diversificar las fuentes energéticas y, al mismo tiempo, reemplazar los ingresos que antes provenían de la exportación de gas a Argentina y Brasil. “Necesitamos fuentes que generen energía y dólares”, enfatiza.
Coincide con Agramont en que la propuesta no implica abandonar los hidrocarburos ni la minería en el corto plazo, sino diseñar un modelo mixto e integral, capaz de combinar la producción tradicional con nuevas tecnologías limpias. Calderón reconoce que la transición energética tomará tiempo, pero advierte que el país ya va tarde. “El mejor día para empezar fue ayer”, dice, recordando que Bolivia debió reformular su política de exploración y explotación desde que en 2014 comenzaron a caer las reservas de gas.

…el país debe empezar ya una transición económica, complementando la base extractiva con nuevas fuentes de ingreso…”
El autor sostiene que el hidrógeno verde puede convertirse en el pilar de esta transformación, al ofrecer una alternativa exportable y sostenible que sustituya progresivamente la dependencia de los combustibles fósiles. No obstante, advierte que si no se actúa de inmediato, hacia 2028 o 2029 el país podría enfrentar un cruce crítico entre oferta y demanda, lo que obligaría a importar gas.
“Todavía tenemos una oportunidad de reactivar la producción y planificar el futuro energético del país”, concluye Calderón, insistiendo en que la diversificación energética no solo es un desafío técnico, sino una necesidad urgente para la estabilidad económica de Bolivia.
UNA TRANSICIÓN URGENTE: DEL GAS AL DESARROLLO SOSTENIBLE
En respuesta a las reflexiones de Juan Pablo Calderón, el economista Daniel Agramont complementa la mirada energética con una lectura desde la economía política. Remarca que la crisis actual tiene raíces profundas en la dependencia extrema del gas natural que caracterizó a Bolivia durante todo el siglo XXI. “La bonanza que vivimos se debió a los altos precios internacionales y a las reservas probadas que teníamos; el gas significó dólares, energía y políticas públicas”, explica.
Recuerda que durante varios años, el país llegó a generar más de 6.000 millones de dólares anuales por exportación de gas, mientras importaba gasolina y diésel por apenas 1.200 millones. “A YPFB le sobraban 5.000 millones que iban al Banco Central, y con eso el Estado financiaba carreteras, plantas industriales, bonos sociales y hasta el satélite Túpac Katari”, destaca. Pero esa dependencia añade nubló la visión de largo plazo: “Todo dependía del gas, incluso la electricidad, el diésel y la gasolina, porque eran sus dólares”.
Hoy, con reservas en declive y una creciente escasez de divisas, el país enfrenta una doble amenaza: crisis energética y crisis económica. Empero, reitera que no es realista pensar en un “post-extractivismo” inmediato, sin hidrocarburos ni minería, cuando estos sectores siguen generando empleo y divisas. “Decir que no tendremos más inversión en hidrocarburos o minería sería condenar al país al sálvese quien pueda”, afirma, recordando además el avance de la minería ilegal del oro en el Amazonas, con graves impactos sociales y ambientales.
En ese contexto, plantea la necesidad de medidas de corto plazo que estabilicen la economía mientras se “siembran las semillas del cambio”. Entre las alternativas propone impulsar el turismo aprovechando el aeropuerto de Viru Viru y una política de cielos abiertos, promover el hidrógeno verde como fuente de energía limpia y fomentar sectores como la economía circular, el agroindustrial y las finanzas verdes.
“Estamos en una transición inevitable”, concluye. “Mientras el gas, los hidrocarburos y la minería sigan siendo nuestras principales actividades, debemos permitir que nuevas alternativas crezcan junto a ellas. Si actuamos hoy, en cinco años podremos decir que diversificamos la economía, generamos empleo y energía, y empezamos a cambiar el rumbo del país”.
INVERSIÓN, GAS Y TRANSICIÓN: UN NUEVO EQUILIBRIO PARA LA ECONOMÍA BOLIVIANA
El cierre del diálogo entre Juan Pablo Calderón y Daniel Agramont refuerza una idea central: Bolivia enfrenta una urgencia estructural. Si el país no actúa pronto, la crisis económica y energética podría agravarse en los próximos años. “Ya no contaremos con la ficha bajo la manga de un incremento marginal en la producción de gas”, advierte Calderón. Por eso, subraya, es necesario pensar el futuro con visión de país, más allá de los ciclos políticos de cinco años.
Ambos expertos coinciden en que no se puede avanzar sin inversión privada y extranjera. Bolivia, señalan, lleva una década sin atraer capitales y hoy registra incluso niveles negativos de inversión extranjera directa, según estudios de la Cepal. La falta de seguridad jurídica y la ausencia de tratados de protección han alejado a los inversionistas. “Necesitamos gas urgente, más minería formal que pague impuestos y genere empleo. Sin inversión privada y multinacional no será posible avanzar”, afirma Agramont.
El libro La Bolivia del futuro plantea que los hidrocarburos y la minería deben seguir siendo la base del desarrollo nacional, pero con un enfoque distinto: sostenible, diversificado y articulado con nuevas políticas de desarrollo productivo. Esto implica aprobar una nueva ley de hidrocarburos y de minería que modernice la normativa, genere confianza y atraiga inversión responsable.
Ante ese panorama, los autores insisten en que el país debe empezar ya una transición económica, complementando la base extractiva con nuevas fuentes de ingreso: industria, turismo, energías renovables, hidrógeno verde y economía circular. Consideran que solo así con una visión de largo plazo, inversión externa y políticas sostenibles Bolivia podrá evitar una crisis mayor y reconstruir su futuro productivo sobre bases más sólidas.

“Hoy, con reservas en declive y una creciente escasez de divisas, el país enfrenta una doble amenaza: crisis energética y crisis económica…”